MANUEL EL PANADERO
A lo lejos se puede ver entre las nubes, un fino hilo de humo gris. El verde paisaje campesino dibuja la silueta de una humilde casa de bareque y techo de paja, en medio de un dorado trigal.
Un horno de piedra compone la mágica obra, el entorno de Manuel el panadero, ese incansable hombre que trabaja para alimentar a su pueblo.
Dicen los vecinos que Manuel era el hijo mayor de don Antonio, de quien aprendió su oficio, aprendió a respetar a los hombres y aprendió a ser constante en su trabajo “haz lo que quieras, pero hazlo con amor” le decía su padre ; por eso todos los días en la plaza de mercado, con la frente en alto esta Manuel orgullosamente vendiendo su fresco pan.
Al caer la tarde, sus cansados pies recorren el largo camino empolvado que lo conduce a su cálido hogar donde lo esperan su esposa y una deliciosa taza de aguadepanela con queso.
Manuel descansa para empezar el nuevo día amasando sus sueños, como se puede amasar la mejor de las fortunas; convirtiendo el milagro del trigo en pan, dándole una nueva dimensión espiritual para alimentar con la energía del amor, no solo el cuerpo sino el alma.
Cuento original de Rosa Claudia Gómez C . -CACAYA
OSITO
En el bosque de los sueños hacia frío, Osito estaba solo, Osito tenia miedo.
Una noche, Osito vio una Puerta Grande y al querer pasar al otro lado, Osito sintió más y más miedo.
Solo, en el bosque, empezó a caminar sintiéndose seguro por los mismos árboles con los mismos frutos y las mismas flores que adornaban el paisaje de siempre.
Osito saboreó las mismas frutas, Osito olió la fragancia de las mismas flores que siempre estaban a su lado; “sin embargo”, pensó… “¿y si paso la puerta grande?… tendré los mismos frutos y las mismas flores?…”. Cuál sería su sorpresa al ver caer del cielo una hermosa Estrella que con el canto del viento en coro le decía… “Osito, no temas, abre la puerta grande y pasa al otro lado; Osito, escucha tu alma y camina seguro, esa Puerta Grande te mostrará el camino”.
Y Osito, mudo, asombrado, confiado y seguro, abrió lentamente la puerta, dejándose ver al otro lado un hermoso jardín. Osito salió saltando, Osito salió feliz; la fuerza de su amor le dio las alas para volar, entender que era él su propia fuerza y que no dependía de los mismos frutos y las mismas flores para ser feliz.
Cacaya
SEBASTIÁN
Pedro era un campesino recio, inteligente, con muchas aspiraciones y en el pueblo en que vivía era respetado por todos. Decían que nunca sonreía, que no soñaba y aunque lo tenía todo, reflejaba en su rostro dolor y frustración.
Una mañana de octubre, cuando Sebastián, su único hijo se levantó para ayudar en las tareas de la hacienda, antes de tomarse su acostumbrada taza de chocolate se colocó su ruanita de lana, se arrodilló ante la imagen de María y recitando las oraciones que su madre le había enseñado pidió con mucha fe que la vida le conservara así, con sus sueños e ilusiones de niño; pidió por aquellos que queriendo ser adultos se les olvida que algún día fueron niños, pidió por su padre para que en su rostro brillara el amor. Pidió la paz de su país, pidió por su mamita a quien amaba y respetaba y antes de terminar sus oraciones no olvidó pedir su regalo de Navidad pensando que todavía faltaban dos meses para Diciembre, a lo mejor los otros niños no se habrían acordado de pedir y así tendría su encargo asegurado.
Pedro que desprevenidamente escuchó a su hijo hasta la última de sus oraciones sintió en el corazón algo inexplicable. De repente sus ojos se llenaron de lágrimas, se paró ante el espejo y su rostro estaba iluminado.
Poco a poco se dibujó en sus labios una sonrisa. Por primera vez en muchos años, comprendió que la felicidad está en la sencillez, que una sonrisa es el mejor regalo que se puede dar y desde ese día encontró un gran sentido a la vida.
Sebastián con esa inocencia obtuvo este milagro.
TINAJERA
En medio de las montañas, bajo un paisaje ensoñador, con aire fresco y aroma de paz, se encuentra Ráquira con antigua historia artesanal. Los diferentes talleres donde el barro toma forma, reflejan un ambiente mágico y en el cielo se ven volar como microscópicas aves las pavesas de la blanca ceniza que delicadamente salen de las chimeneas; todo es alegría y colorido y en medio del bullicio de la gente, como enredándose entre la música y el jolgorio de los visitantes está Tinajera, una artesana de herencia, una joven que domingo a domingo sale a la plaza a vender su trabajo semanal. Tinajera le dicen por su armónico canto que embruja a quien la escucha y orgullosa de lo que hace, entiende que ese es su mundo, valora el don que Dios le dió y nunca ha pensado dejar su pueblo para caer en la ilusión de cristal de la ciudad.
Hace algunos años, llegó al pueblo un muchacho enfermo, pero enfermo del alma, quería escapar de sus problemas, quería un rincón para olvidar y allí estaba ella, con su sonrisa, con su amor, con su suave canto del domingo. Él la vió y la quiso suya y ella lo vió y sintió lástima. Tinajera como modelando el barro tendió sus manos hacia él y le ayudó a entender la vida, curó sus heridas, le enseñó a amar el presente, le enseñó que los errores del pasado ayudan a crecer y poco a poco aprendió a marlo como ama su trabajo, como ama su pueblo, como ama la vida y cada Domingo se escucha su canto, el canto de sus antepasados, el canto de sus hijos que aprenderán de ella a valorar lo que tienen, a dar gracias a la vida, a entender que la noche llega para esperar el día.