Imágenes con historia

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Decía el desaparecido filósofo colombiano Cayetano Betancur que “Para que nazca el amor hay que despertar en nosotros el interés por las personas y por las cosas amables”. Esto es precisamente lo que ha logrado la artísta Rosa Claudia Gómez C., Cacaya, en la poesía de sus manos y en las lindas historias que acompañan su obra.  Al verla, nuestra sensibilidad se despereza y nuestro espíritu comienza a re-crear hechos y sentimientos.

Es nuestro corazón el que debemos tocar, sobre todo en estos tiempos turbulentos. Cuando él se abre, volvemos a amar y se despierta nuestro interés por las personas que nos rodean, damos significado a las cosas y estas cobran sentido en el aparente vacío de nuestra existencia.

IMÁGENES CON HISTORIA, con éstas bellas y delicadas obras llenas de evocaciones  que la artísta crea y recrea constantemente, toca directamente las puertas del corazón. Sin embargo, seremos nosotros quienes decidamos abrirlo para apreciar y sentir el milagro de la creación humana.

J.R.B.V


VIRGEN MORENA

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Es una linda mañana como todas las mañanas del hermoso valle de Tabio cuando el sol asoma sus destellos por la cordillera calentando  el ambiente bajo un cielo azul intenso. De repente las flores se ven con más color y los pájaros cantan celebrando el milagro de la creación. El viento fresco golpea mi rostro como queriendo decirme que llegó el momento y que aquella imagen que repetidas veces aparecía en mi mente quiere visualizarse en una delicada pieza de barro.

Llega la hora que tanto esperaba; ese alegre contacto con el elemento tierra y mis manos se resbalan como danzando al ritmo de la inspiración, acariciando la pella de arcilla, desbastando y agregando a mi antojo hasta ver ante mis ojos la imagen de María; “Virgen Morena”. surge en mi mente su sencillo nombre como sencillo es el frío contacto de mi piel con el barro.

Cuento original de Rosa Claudia Gómez C . -CACAYA

SEBASTIÁN

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Pedro era un campesino recio, inteligente, con muchas aspiraciones y en el pueblo en que vivía era respetado por todos. Decían que nunca sonreía, que no soñaba y aunque lo tenía todo, reflejaba en su rostro dolor y frustración.

Una mañana de octubre, cuando Sebastián, su único hijo se levantó para ayudar en las tareas de la hacienda, antes de tomarse su acostumbrada taza de chocolate se colocó su ruanita de lana, se arrodilló ante la imagen de María y recitando las oraciones que su madre le había enseñado pidió con mucha fe que la vida le conservara así, con sus sueños e ilusiones de niño; pidió por aquellos que queriendo ser adultos se les olvida que algún día fueron niños, pidió por su padre para que en su rostro brillara el amor. Pidió la paz de su país, pidió por su mamita a quien amaba y respetaba y antes de terminar sus oraciones no olvidó pedir su regalo de Navidad pensando que todavía faltaban dos meses para Diciembre, a lo mejor los otros niños no se habrían acordado de pedir y así tendría su encargo asegurado.

Pedro que desprevenidamente escuchó a su hijo hasta la última de sus oraciones sintió en el corazón algo inexplicable. De repente sus ojos se llenaron de lágrimas, se paró ante el espejo y su rostro estaba iluminado.

Poco a poco se dibujó en sus labios una sonrisa. Por primera vez en muchos años, comprendió que la felicidad está en la sencillez, que una sonrisa es el mejor regalo que se puede dar y desde ese día encontró un gran sentido a la vida.

Sebastián con esa inocencia obtuvo este milagro.

Cuento original de Rosa Claudia Gómez C . -CACAYA


TINAJERA

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En medio de las montañas, bajo un paisaje ensoñador, con aire fresco y aroma de paz, se encuentra Ráquira con antigua historia artesanal. Los diferentes talleres donde el barro toma forma, reflejan un ambiente mágico y en el cielo se ven volar como microscópicas aves las pavesas de la blanca ceniza que delicadamente salen de las chimeneas; todo es alegría y colorido y en medio del bullicio de la gente, como enredándose entre la música y el jolgorio de los visitantes está Tinajera, una artesana de herencia, una joven que domingo a domingo sale a la plaza a vender su trabajo semanal. Tinajera le dicen por su armónico canto que embruja a quien la escucha y orgullosa de lo que hace, entiende que ese es su mundo, valora el don que Dios le dió y nunca ha pensado dejar su pueblo para caer en la ilusión de cristal de la ciudad.

Hace algunos años, llegó al pueblo un muchacho enfermo, pero enfermo del alma, quería escapar de sus problemas, quería un rincón para olvidar y allí estaba ella, con su sonrisa, con su amor, con su suave canto del domingo. Él la vió y la quiso suya y ella lo vió y sintió lástima. Tinajera como modelando el barro tendió sus manos hacia él y le ayudó a entender la vida, curó sus heridas, le enseñó a amar el presente, le enseñó que los errores del pasado ayudan a crecer y poco a poco aprendió a marlo como ama su trabajo, como ama su pueblo, como ama la vida y cada Domingo se escucha su canto, el canto de sus antepasados, el canto de sus hijos que aprenderán de ella a valorar lo que tienen, a dar gracias a la vida, a  entender que la noche llega para esperar el día.

Cuento original de Rosa Claudia Gómez C . -CACAYA

MANUEL EL PANADERO

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A lo lejos se puede ver entre las nubes, un fino hilo de humo gris. El  verde paisaje campesino dibuja la silueta de una humilde casa de bareque y techo de paja, en medio de un dorado trigal.

Un horno de piedra  compone la mágica obra, el entorno de Manuel el panadero, ese incansable hombre que trabaja para alimentar a su pueblo.

Dicen los vecinos que Manuel era el hijo mayor de don Antonio, de quien aprendió su oficio, aprendió a respetar a los hombres y aprendió a ser constante en su trabajo “haz lo que quieras, pero hazlo con amor” le decía su padre ; por eso todos los días en la plaza de mercado, con la frente en alto esta Manuel orgullosamente vendiendo su fresco pan.

Al caer la tarde, sus cansados pies recorren el largo camino empolvado que lo conduce a su cálido hogar donde lo esperan su esposa y una deliciosa taza de aguadepanela con queso.

Manuel descansa para empezar el  nuevo día amasando sus sueños, como se puede amasar la mejor de las fortunas; convirtiendo el milagro del trigo en pan, dándole una nueva dimensión espiritual para alimentar con la energía del amor, no solo el cuerpo sino el alma.

Cuento original de Rosa Claudia Gómez C . -CACAYA

EL CRISTO CON RUANA

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En un remoto paraje de la cordillera, rodeado por la agreste flora paramuna y cubierto por un tenue velo de neblina, se yergue con altiva sencillez una rústica capilla de madera y techo de paja, primorosamente engalanada con flores frescas de múltiples colores  que los aldeanos ofrendan con fé y con amor a su patrono: el Cristo con ruana.

Cuentan los vecinos, que el Cristo llegó desnudo a la caza de doña Filomena en brazos de Martín, su sobrino de siete años, sobreviviente de la avalancha que arrasó el pueblo calentano en que vivía con sus padres y sus hermanos, que perecieron sepultados por un mar de lodo que lo cubrió todo. El niño se salvó, porque su padre, Agustín el artesano, que había tallado el Cristo por encargo de las monjitas del convento, lo tendió a su hijo como tabla de salvación, para rescatarlo del torrente que lo arrastraba.

La historia del milagroso salvamento de Martín y su Cristo de madera, llegó a oídos del párroco del pueblo que decidió emprender, a lomo de mula, las cuatro leguas de escarpado camino hasta la vereda, con el ánimo de conocer a Martín y bendecir la imagen. La visita del cura fue motivo para que se reuniera una veintena de familias campesinas; entonces, alguien propuso que se construyera un cobertizo con un altar, en donde colocarían el Cristo para que protegiera la Comarca. El cura acogió con entusiasmo la idea y se comprometió a oficiar una misa el día en que la obra estuviera concluida.

La víspera de la inauguración, el Cristo fue llevado para colocarlo en el altar… Martín se sintió muy solo, pues desde la catástrofe no se había separado ni un minuto de la bella imagen que lo confortaba y a la cual le pedía todas las noches que se lo llevara al cielo para reunirse con los suyos. Esa noche, un torrencial aguacero cubrió la montaña con un manto de granizo y la temperatura descendió en forma impresionante.

Martín se despertó mucho antes del amanecer tiritando de frío, se levantó, se puso la ruana de lana que le servía de cobija y furtivamente salió de la casa rumbo a la capilla… Cuando el sol remontó el picacho más alto y llegaron los primeros parroquianos, aseguran que del interior del recinto, iluminado por un extraño resplandor, salían notas de una bellísima melodía que inundaba el ambiente…Al pié del Cristo, que lucía la ruana, encontraron postrado y sin vida el cuerpo del niño con una expresión angelical en el rostro, que evidenciaba la felicidad del anhelado encuentro.

Cuento original de El Capi F. J. Gómez Cadavid

LA OVEJITA DE ROSITA

la ovejita de rosita

Cuando el sol comenzó a despedir la tarde iluminando, con preciosos arreboles, la imponente silueta del picacho y los pajaritos retornaron amorosos al calor de sus nidos, Rosita, la hermosa pastorcita, empezó a llamar, una por una, las ovejas de su rebaño. Ayudándose con su callado, como todas las tardes, las fue agrupando mientras canturreaba una dulce tonada que apaciguaba el ánimo de sus inquietas amiguitas.

- Veintinueve, treinta, treinta y una… ¡falta una! se dijo mentalmente y comenzó pacientemente el recuento: una, dos, tres… veintinueve, treinta, treinta y una. -Definitivamente me falta una – dijo en voz alta, enroscando en un dedo la cola de su trenza derecha como hacía cada vez que estaba preocupada.

El sol ya no se veía y el claroscuro de la vecina noche invernal hacía cada vez más difícil otear la campiña y aumentaba la preocupación de la niña que, con un nudo en la garganta, siguió cantando con voz entrecortada mientras conducía su incompleto rebaño al corral. Llegó a la cabaña que compartía con su abuelo, justo antes de que se desgajara un torrencial aguacero que en minutos cubrió con una gruesa capa de granizo la comarca entera.

El abuelo sirvió un tazón repleto de sopa y una hogaza de pan a su compungida nieta que apenas probó bocado. Al rato, la niña se sentó al calor de la chimenea de cara al Cristo de madera que se destacaba entre los aperos y los tiestos que colgaban de la pared y con todas sus fuerzas y con toda su fe y con toda su esperanza pidió al Señor que le devolviera su ovejita descarriada.

Entre tanto el viejo, de espaldas a la niña, desbarató su vieja bufanda de lana, hizo un ovillo y con sus hábiles manos de artesano fabricó una ovejita de lana. Cuando la hubo terminado, se acercó a su nieta, la besó con ternura y se la entregó amorosamente en las manos. El rostro de Rosita se iluminó con una sonrisa, abrazó la ovejita, se recostó en un cojín y al poco rato se quedó dormida.

Alrededor de la media noche, tres golpes en la puerta despertaron con sobresalto a la niña y a su abuelo.

- ¿Quién es? Preguntó el anciano.

- Santiago – Contestó con voz firme el leñador y agregó: – traigo buenas nuevas para ustedes. Encontré esta oveja descarriada de su rebaño, atorada en una mata de zarzamora a una legua del potrero. Está desgreñada, bastante arañada y empapada, pero viva.

Desde entonces Rosita la pastorcita ya no cuida treinta y dos ovejas; cuida treinta y tres con su ovejita de lana.

Cuento original de El Capi F. J. Gómez Cadavid

EL MOHÁN DE JUAICA

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Hace miles de años, tantos que la cuenta se perdió en la memoria de los pueblos, cuando el polo norte quedaba al sur y el polo sur quedaba al norte y la tierra giró sobre su eje para acomodar los polos en la posición que hoy tienen y se hundió para siempre el continente Lemur que se convirtió en el fondo del océano pacífico y emergió de entre las aguas desplazadas por el cataclismo el continente que habitamos, quiso Dios que un puñado de jóvenes y doncellas sobrevivieran para poblar las nuevas tierras con la simiente de la civilización que hoy conocemos.

Siete parejas de estos jóvenes hermosos, inteligentes y puros se asentaron a la orilla de un río ancho y apacible que corría a los píes de una imponente cordillera. Por su juventud desconocían los secretos de la ciencia de su avanzada civilización que se habían hundido bajo el peso de las aguas; invocaron entonces la ayuda del cielo y Dios, en su bondad, envió un gigantesco y poderoso ser de barbas largas y gran sabiduría para que los guiase en el proceso de redescubrir el mundo. Lo llamaron el Mohán, que quiere decir “Monte Sabio” pues los montes son seres vivos y mágicos.

Cuenta la leyenda que el Mohán habitaba en la serranía de SUE, que quiere decir Sol, pues el sol era su padre, y que sintiéndose solo tomó por esposa a la hija de la luna que vivía en la serranía de CHIA, que significa Luna, hermana mayor de estrellas y luceros. Cuentan también que el Mohán tenía su morada en la peña de Juaica, que su esposa, a quien llamaron la Mohana, se albergaba en el cerro del Majui, y que los dos refugios eran los picos más elevados de las dos serranías y que en lo alto del Majui reposaban los cóndores y en lo alto de Juaica vigilaban las águilas.

Relatan los ancianos que la feliz unión entre el Mohán y su bella esposa se selló, con un dulce abrazo y un tierno beso, sobre el tálamo nupcial que el Mohán había preparado alisando los montes y las rocas con sus poderosas manos para formar el paradisíaco valle que hoy se extiende entre Tabio y Tenjo; y aseguran que en la parte más escarpada de la peña, en las noches de viernes santo, cuando éste coincide con el plenilunio, se hace visible como esculpido en la roca el rostro milenario del Mohán, y que quien llegue hasta allí inspirado en el amor y con sentimientos nobles descubrirá la entrada a una cueva que contiene el secreto de la eterna juventud que heredarán los hombres cuando comprendan que el amor es el único camino que conduce a la verdad y a la vida.

Cuento original de El Capi F. J. Gómez Cadavid

LA VIRGEN DE ARCILLA

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La luz de la luna parpadeaba, de tanto en tanto, por entre las nubes que plácidamente se movían al soplo del vientecillo veranero y se filtraba por el ventanal, iluminando el viejo rostro sereno de hermosos rasgos, que las arrugas y la nívea cabellera destacaban, dándole un aire majestuoso e imponente, pero dulce y tierno a la Mamá María que se balanceaba apaciblemente en su antigua mecedora de mimbre.

A sus pies, se agrupaban doce de sus nietos y María Valentina, su bisnieta, hija menor de la hija menor de sus nietas. Los chiquillos esperaban ansiosos e inquietos que la abuela bebiera su tazón de chocolate e iniciara otra de sus fascinantes historias…

Hace más de cuatro siglos – comenzó diciendo la Mamá María, con un tono de voz evocador que transportaba la mentes de los niños al lugar siempre maravilloso de sus relatos – por allá en el año de mil seiscientos y pico, vivía una hermosa princesa quimbaya en tierras de lo que hoy es el departamento del Quindío, que para esa época se había convertido en encomienda del nuevo reino de Granada. Las encomiendas – explicó la abuela, anticipando la pregunta de los niños – , eran unos territorios que el Rey de España entregaba a los conquistadores como premio por sus hazañas, con la encomienda de convertir al cristianismo a los indígenas que desde siempre habían vivido en esos hermosos parajes. La anciana tomó un respiro, sonrió complacida por el brillo de emoción e interés que veía en los ojos infantiles y prosiguió:

- Nuestra princesita, que fue bautizada María de los Ángeles a la edad de diez y siete años, era tan bella, tan vivaz, tan dulce, tan inteligente y se volvió tan piadosa que todos en la encomienda, indígenas y españoles, la querían y     la respetaban.

El mismo día que la conoció don Pedro José Arias y Fernández, el encomendero, quedó prendado de su hermosura y la amó intensamente. María de los Ángeles no fue esquiva a los requiebros de su hidalgo pretendiente y al poco tiempo se casaron por el rito de la iglesia, tuvieron muchos hijos y una sola hija, María de Lourdes, que les dio una nieta que fue la abuela de la tatarabuela de la tatarabuela de mi bisnieta.

La Mamá María hizo una pausa, se volvió hacía la primorosa mesita, en cuyo centro como en un altar, sobre una base de madera y alumbrada por una vela de color rosa, había una efigie con el rostro de la Virgen María enmarcado por un manto. La tomó con devoción en sus manos y continuó el relato:

- Esta Virgen, la moldeó en arcilla con sus hábiles manos María de los Ángeles y un domingo de mayo la hizo bendecir por Fray Benito, que en nombre de Dios la llamó protectora de todas las madres.

- La muerte de don Pedro José y de cuatro de sus hijos, como consecuencia de una peste que casi acaba con todos los habitantes de la encomienda, sumió a María de los Ángeles en un profundo dolor y después de enterrar al último de sus hijos, se encerró en su habitación a pedirle a la Virgen que le aliviara su terrible pena. La Mamá María se detuvo en la narración y mirando a María Valentina con infinita ternura le dijo:

- Esta Virgen te pertenece, pues la heredarás de tu madre y algún día deberás heredarla a la menor de tus hijas. Por eso quiero que pongas mucha atención a esta parte de la historia para que puedas seguir la tradición familiar.

- Cuentan los abuelos que durante su encierro, la Virgen se apareció en sueños a María de los Ángeles y le transmitió un mensaje y que al despertar, la viuda se sintió reconfortada y la alegría volvió a su vida. Cuentan también, que escribió en un pergamino el mensaje de la Virgen, lo enrolló y lo guardó en una urna de arcilla que sirvió, desde ese entonces, como base de la imagen que se traspasó de madres a hijas y permaneció intacta, hasta que a principios de este siglo, después de un terremoto que destruyó la casa en que vivía mi bisabuela, que en el desastre perdió todos sus bienes, encontraron entre los escombros la Virgen de arcilla en perfecto estado, la base rota y el rollo en el que se podía leer con claridad:

” ¡ESTO TAMBIÉN PASARÁ¡ NO TEMAIS, LA MADRE DE DIOS VELARÁ SIEMPRE  POR VOS QUE TAMBIÉN SOIS MADRE… TENED FE, VENCED EL DOLOR, ANIMAOS, LLENAOS DE AMOR Y SIMPLEMENTE… ¡VOLVED A EMPEZAR¡”

Cuento original de El Capi F. J. Gómez Cadavid

TERNURA

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Aurora vivía en la vereda de “La Cañada”, con sus padres, sus dos abuelos y su bisabuela Dioselina. Era una hermosa muchacha de tez morena, ojos color miel y una larga trenza que adornaba su figura; trabajaba con su madre en un rústico telar, mientras su abuelo y su padre se hacían cargo del ganado. Aurora salía en las mañanas muy temprano, para dar de comer a las gallinas y juguetear un rato con los perros y su gata; así transcurría su diario vivir; se sentaba mientras acariciaba a la gata, soñando embelesada con el amor de Antonio, con quien esperaba casarse y tener hijos. De ésta manera pasaba las horas, hasta que las llamadas de su madre al trabajo, la hacían volver a la realidad.

Ése sábado, Aurora cumplía 19 años y estaba radiante de alegría: pues Antonio estaba dispuesto a pedir su mano. ¡La fiesta sería en grande!. El era un hombre joven, bien parecido, y amaba profundamente a su novia. Administraba la finca de los González, una familia adinerada de la región, quienes también estaban invitados a la celebración como padrinos de los novios. Al cabo de tres meses, Aurora y Antonio se casaron. Llevaban una vida apacible y feliz; solo faltaban los hijos, pero ella temía no poder tenerlos. Por ésta razón, todas las noches mientras deshacía su larga trenza frente al espejo, rogaba a Dios para que sus temores no fueran reales; pues un hijo era lo que más deseaba en este mundo.

Pasado el tiempo y viendo que no quedaba encinta, los dueños de casa decidieron llevarla a un especialista, con el que la muchacha confirmó lo temido. Y aunque su fe en Dios era inmensa y no perdía la esperanza de tener a su niño entre los brazos, lloró amargamente por largos meses. Para distraerse, todas las mañanas paseaba por el bosque, con el fin de encontrar alivio a su dolor en el canto de los pájaros de colores que revoloteaban a su paso, y deleitarse también con el aroma de las flores con las que hablaba como si fueran sus amigas más sinceras.

Un día durante su paseo matutino por el bosque, una extraña luz en las distancia llamó su atención y pensando que se debía al juego de los rayos del sol en las ramas de los árboles, caminó lentamente hacia el lugar atraída por el espectáculo, pero al llegar cual no fue su sopresa y encontrar en el claro a una mujer de ropaje blanco quién con mucho cuidado depositaba algo sobre un lecho de hojas secas, justo bajo la hermosa luz, para luego, lentamente desaparecer en la espesura del bosque. Aurora anvanzó con sigilo el lugar, llena de curiosidad y de temor, pero a la vez con una inmensa sensación de regocijo que ni ella misma entendía. Se acercó muy despacio, y abrió el trapito del envoltorio que había sobre la hierba y encontró una hermosa carita blanca que le sonreía y que con unos ojitos negros la miraban con extrañeza. Aurora, experimentó por primera vez, la profunda ternura que solo puede expresar una madre hacia su hijo.

Acurrucada aún en el suelo, tomó al bebé entre sus brazos, lo arropó con su pañolón, lo apretó fuertemente  contra su pecho, levantó los ojos al cielo para dar gracias y con el niño alzado, echó a correr sin parar hasta su casa. Gritó fuertemente el nombre de su esposo para que saliera a compartir con ella ese hermoso regalo de Dios. Antonio salió asustado por el escándalo y al verla llorando la abrazó angustiado preguntándole con cierta intriga: Aurora que ocurre, ¿Qué traes ahí? – Ella mostrándole el niño respondió- Lloro Antonio de felicidad, porque hoy Dios ha bendecido nuevamente nuestro amor, premiando nuestra esperanza.

Cuento original de Martha Elena Domínguez C.


AGUSTÍN

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Hace muchos años, mi madre se empleó como dama de compañía de doña Fabiola López, una mujer de edad y muy adinerada, reconocida como una gran señora en la ciudad. Doña Fabiola tenía una linda finca ganadera en el campo, a no más de una hora de camino, a la que viajaba todos los fines de semana en compañía de mi madre. Mi amigo Gerónimo, era el hijo menor de don José el capataz de la finca y María del Ramos quien se encargaba del aseo y cuidado de la gran casa y aunque era una mujer algo mayor, desde el primer día me acogió con ternura en su casa para hacerme sentir como otro de sus hijos.

Gerónimo era un muchacho sano, de mejillas sonrojadas y lleno de vitalidad, gracias a las bondades del campo; por aquel entonces tenía seis años al igual que yo… Seis años de inocencia, ternura, sueños y secretos, travesuras y juegos. Sonreía y disfrutaba con las historias infantiles acerca de mi apreciación de la gran ciudad, y… yo, me embelesaba con el ordeño, los ruidos y sombras del bosque y sus amigos secretos…

Pasábamos nuestros días trepando a las copas de los árboles para ver la caída del sol, o recorriendo por sus orillas la quebrada que lindaba con la finca, buscando varas de madera adecuadas para atrapar “todos los peces”, aunque no recuerdo que hubiéramos atrapado siquiera uno. De todo lo que hacíamos, lo que más nos divertía era caminar por el bosque, imaginar los secretos de los gnomos y las hadas esperando ansiosos la llegada de Agustín, un personaje mágico que hacía orquesta con su armónica y el ruido del riachuelo para hacernos soñar con el mañana. Agustín nos contaba historias fantásticas hilando una linda amistad entre nosotros.

El tiempo fue pasando entre inocencia, sueños, ilusiones, y deseos… de niños a adolescentes, entre el campo y la cuidad, ya que Gerónimo vino a quedarse por un tiempo en Casa de Doña Fabiola, para terminar sus estudios de secundaria, con la promesa por parte de la señora, de que al igual que yo, él también tendría una carrera profesional pagada por ella.

Siempre esperábamos con ansia el final de la semana para ir corriendo al campo en donde volvíamos a ser niños y en donde mi amigo mitigaba su soledad en brazos de su madre, como lo hacía cuando niño, para calmar sus temores. Sin falta visitábamos a Agustín quien alegremente nos esperaba con la ilusión de un niño. Poco a poco, la ciudad empezó a llenar nuestras adolescentes expectativas quedando atrás los viajes a la finca; pero Agustín nunca se alejó de nosotros. Con su suave melodía se posó en el fondo de nuestro corazón para hacernos recordar siempre la sencillez de la infancia.

Cuento original de Martha Elena Domínguez C.